Hombres transplantados, cultura transplantada, religión transplantada, gobierno transoceánico. América estaba sujetada a la península por el delgado hilo de los alisios que habian traido a Colón y gobernaba de la misma forma. Resistieron España y Portugal el asalto de los reyes no invitados al banquete, al tiempo que ahogaban en sangre la rebelión de una tierra siempre caliente.Pero, ¿de quién eran estas tierras? ¿por qué?.
El papa Alejandro VI, representante de Dios en la tierra, otorgó al rey de España la mitad del nuevo mundo y al rey de Portugal la otra mitad. Por decisión de Dios, una inmensa masa de tierra pasaba a ser propiedad de la corona de España. Los habitantes de esta parte del mundo, una vez reconocida su condición humana, pasaron a ser vasallos de un rey que jamás verían, pero a quien debían tributar y para quien debían trabajar hasta el último aliento.
España y Portugal basaron jurídicamente el dominio sobre América en la bula alejandrina, pero sujetaron las riendas del desbocado animal con el hierro de la espada y con la cruz. Eran peninsulares los Virreyes, gobernadores, canónigos y generales, y eran americanos los que trabajaban. Luego de mucho consumir brazos indígenas, trajeron de Africa los brazos de repuesto.
España y Portugal basaron jurídicamente el dominio sobre América en la bula alejandrina, pero sujetaron las riendas del desbocado animal con el hierro de la espada y con la cruz. Eran peninsulares los Virreyes, gobernadores, canónigos y generales, y eran americanos los que trabajaban. Luego de mucho consumir brazos indígenas, trajeron de Africa los brazos de repuesto.
Nacieron en América hijos de las más inimaginables combinaciones de sangre que el mundo ha visto jamás. Criollos, mestizos, mulatos, zambos, moriscos, albinos, coyotes, saltapatrás, tercerónes, cuarterónes, ladinos y otros monstruos poblaban el continente. Su voz era débil pero poco a poco empezaron a hacerse oir. 

Los criollos, hijos de ambos padres blancos, fueron los primeros en intentar escalar en la administración colonial, pero los europeos les cerraban los caminos hacia los altos puestos. Los segundos en la movilización social americana fueron los mestizos, quienes tenían muchas más dificultades no solo en el gobierno, sino en el ejército y el clero. Mulatos, indios y zambos venían detrás.
Las coronas presionaban sobre sus súbditos de América, pero América debía defenderse sola de la voracidad de otras banderas. Los españoles y portugueses mandaban desde el otro lado del mar a través de sus funcionarios que caían como del cielo en una tierra que no conocían ni entendían y, a menudo, despreciaban. Traían reglamentos y normas para ser cumplidas, pero en secreto venían a hacer fortuna al uso de los viejos conquistadores pero con mucho menos esfuerzo.
América purgaba las culpas. Allende la línea un designio mágico borraba los pecados. El ladrón que en España vivía oculto, usaba capa y espada en cualquier pueblo de indios y el curita piadoso iluminado por Dios se amancebaba con varias mujeres en el calor del trópico.
Europa comió de América y América pagó en oro la opulencia de Europa. Pagó por Amsterdam y los teatros de Londres, por Versalles, los monasterios de Mafra y el suntuoso Escorial. Pero Europa no dejaba que América caminara sola. Prohibido estaba el comercio entre colonias y con cualquier otra bandera que no fuera la que ondeaba en lo más alto de la fortaleza. Se mandaron quemar los telares de Guadalajara y los astilleros de La Habana solo podían poner carena a los galeones. Salían vírgenes las maderas del Brasil y los cueros del Río de la Plata y había que pagar fortunas por una mesa en Bahía y por un par de zapatos en Buenos Aires. Se puso estanco al tabaco y a la yerba mate de Paraguay, al cacao de Venezuela y a la caña del Perú y Guayaquil.
Los indios, los que sobrevivían, agonizaban en los obrajes o las minas, esclavizados por las deudas que fueron obligados a contraer para comprar bagatelas que los encomenderos y corregidores les venden. Los que se creen a salvo bajo la alfombra verde de la selva son cazados por los mamelucos paulistas para venderlos en los ingenios del nordeste brasileño. Y los que conocieron al buen Dios, los que vieron el esplendor de las misiones de Gauirá, del alto Paraná y el Uruguay, son abandonados a su suerte cuando los jesuitas son expulsados de América.
Los negros, la última casta de la pirámide americana, eran volcados a esta tierra por las naves inglesas, francesas y holandesas y agotaban la vida en poco tiempo. Atados al trabajo fueron la fuerza que movió la rueda del progreso de gran parte del continente, pero a nada tenían derecho, apenas a ser llamados hombres, apenas a tener un nombre. Ni bien podían se iban a la selva, a formar quilombos y palenques que la espesura protegía y desde allí instaban a la rebelión, a la quema de las plantaciones, a que las mujeres matasen a sus propios hijos para evitar engrosar el patrimonio del amo. La libertad tenía para ellos un significado claro y simple que no tuvo himnos ni banderas, pero si héroes y batallas.
Tarde vio España que iba a perder América. Atinó tan solo a modificar la forma de las cosas pero no el fondo y no hizo sino precipitar la caída de su imperio. El nuevo mundo estaba cansado de pagar por los palacios y las guerras de Europa y se empezó a sentir cada vez más a gusto con su cuerpo, el que la adolescencia iba formando ya. La tierra americana empezó a tornarse en patria y la península se fue volviendo enemiga, aunque madre, de esa conciencia nueva.
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