Esta tierra tenía ya sus hijos. Habían llegado desde todavía no se sabe donde hace todavía no se sabe cuanto. Algunos habían aprendido a cultivar la tierra y criar animales, a edificar en piedra, a escribir. Otros no. Vivían según la naturaleza humana. Unas veces en paz, otras en guerra. Conquistaban y eran conquistados, mataban y morían. Tenían su ley y su idioma, su cultura, sus dioses, sus modos de producción y su forma de relacionarse con el mundo natural.
Del otro lado del mar la realidad era otra. Dios era uno solo, había reyes, señores, nobles y clérigos que andaban por ahí sin hacer nada, viviendo de los demás y agotando los recursos naturales en pos de la acumulación de la riqueza, para lo debían existir explotadores y explotados. Vivían en constante estado de guerra o de peste, tratando de quitar al otro la tierra, el oro o la vida.
El contacto entre ambas orillas del Atlántico no podía ser menos que doloroso. Los conquistadores encontraron el paraíso terrenal y se arrogaron el derecho exclusivo sobre éste, al amparo de las bulas del papa Alejandro VI, el Borgia. Los taínos de las antillas conocieron la viruela, el trabajo en los lavaderos de oro (un metal que parecía valer algo para esos barbudos que venían en los árboles que flotan), los perros cazadores de hombres, el fuego de arcabúz, el frío del acero y la cruz.
En poco tiempo, los indios antillanos habían desaparecido. Para entonces, México y el Perú eran las joyas del imperio universal. Allí había gente a montones, mucho mas habituada al trabajo y al pago de tributos, pero no más resistentes a la viruela y al tifus.
Terminada la conquista y agotados los rescates fabulosos, los conquistadores no tuvieron más remedio que hacer producir la tierra y las minas. Pero ellos no podían arar el campo o meterse en los socavones, ellos eran hijosdalgo, por nacimiento, gracia real o compra, y un noble español no trabajaba jamás. A la mano habían tenido a moros y judíos en la península y en América tenían a los indios, que si bien se había reconocido, después de largo debate, que sí eran seres humanos dotados de alma, habían sido declarados menores de edad y "encomendados" a la guarda y tutela del rey de españa y sus funcionarios, y a los negros traídos del áfrica.
Por opción, los hijos de los nuevos dueños del continente nacieron en esta tierra. Blancos, mestizos, mulatos, zambos y un infinito de etcéteras son el fruto más dulce de América. Estos hijos de sangre mixta verán a Europa enriquecerse a expensas de su tierra. Verán como se les prohíbe progresar, comerciar entre si, fundar industrias. Verán como se les obliga a comprar zapatos hechos con el cuero de la vaca que ellos mismos mataron y vino de uvas más amargas que las que crecen en sus viñedos. Verán como ocupan cargos públicos ineptos cuyo único mérito es haber nacido en España o Portugal, o como los dirige en batalla algún cobarde que heredó los galones.
Durante trescientos años, los hijos de esta tierra buscaron la forma de sacudirse de encima el asfixiante abrazo de las coronas. Rebeliones y levantamientos abundaron en la historia de un continente que es rebelde por definición, y cada vez se acercaron más, hasta conseguirlo. De ahí en más, la historia sería otra, otros los desafíos y otras las revoluciones, pero ya cada nación era libre y soberana.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentarios:
Cuantas verdades!!.. por casualidad sos profe de historia??.. yo q yo casi.. m faltan 3 finales..
voy a seguir este blog.. esta barbaro.. un abrazo.
rodrigo fraire cervigni
contateuno.blogspot.com
Publicar un comentario